Escuelas Pías Centroamérica y Caribe

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Constituir, ampliar y propagar: Salutatio Patris Generalis Oct20

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Estos son los tres verbos que utiliza Calasanz en el Memorial al Cardenal Tonti para expresar su absoluta convicción de que era necesario que las Escuelas Pías fueran configuradas como una Orden de votos solemnes. Son tres verbos precisos, claros y significativos. Creo que nos vienen bien para explicar el contenido del primero de los núcleos temáticos de nuestro próximo Capítulo General, que celebraremos, si Dios quiere, el próximo mes de julio: la “construcción de las Escuelas Pías”.

Dice Calasanz: “Demostrada, pues, la utilidad y necesidad de esta obra, que comprende todas las personas y condiciones y lugares, toda la instrucción básica y todos los medios para vivir, se deduce con rigurosa consecuencia la necesidad de constituirla establemente como Orden religiosa, a fin de que en ningún momento desaparezca (…) Se deduce asimismo la necesidad de ampliarla y propagarla según las necesidades, deseos e instancias de tantos[1]”.

Calasanz configuró establemente la Orden y le dio los primeros impulsos para que creciera progresivamente, al servicio del ministerio educativo. En el momento de la reducción ordenada por el Papa Inocencio X la Orden tenía 500 religiosos, 5 provincias y 37 casas, de las que la mayor parte eran escuelas. Fue un extraordinario proceso de construcción de Escuelas Pías. Después de la decisión papal, los escolapios continuaron adelante, luchando por la restauración de la Orden. Sin duda que las claves de dicha restauración están contenidas en el mensaje del fundador que todos conocemos: “sigan trabajando por los niños, confíen en Dios, manténganse unidos y no pierdan la alegría[2]

Por nuestra fe, creemos que el amor de Dios, la protección de María y la intercesión de Calasanz son las causas profundas de la restauración de la Orden. Sin duda, hubo también algunos factores que ayudaron en este proceso. Nuestros historiadores destacan, entre otros, los siguientes: las presiones de las autoridades civiles, que estaban convencidas de la necesidad de las Escuelas Pías en sus Estados, incluyendo la respuesta educativa católica a la Europa protestante; la lucha y el esfuerzo de los escolapios, que no se rindieron ni se retiraron, sino que siguieron adelante como les había pedido el fundador; la oración permanente de los escolapios por su propia Orden; las adecuadas y progresivas gestiones eclesiásticas, que provocaron un clima favorable a las Escuelas Pías; la clarificación de la situación interna, con el abandono de los que debían abandonar y la entrada y perseverancia de quienes de verdad querían vivir el carisma del fundador, etc.

Pero la tarea continúa. Y continuará. Los escolapios seguimos construyendo las Escuelas Pías, con el favor de Dios y con esfuerzo diario, con tesonera paciencia y afortunado atrevimiento. Las claves de este trabajo siguen siendo las mismas: el deseo de responder a la llamada del Señor, la figura y el carisma de Calasanz, la necesidad de la educación para todos, la convicción de que las Escuelas Pías son un instrumento del Reino, etc. La lista de razones sería interminable.

En cada momento histórico aparecen tonalidades nuevas desde las que nuestro esfuerzo por unas Escuelas Pías mejores asume nuevos desafíos. Nuestro próximo Capítulo General está llamado a dar nombre a esas nuevas tonalidades, a esas llamadas que recibimos y a las que debemos responder. Yo no pretendo, en esta Salutatio, referirme a todas, porque no sería capaz de hacerlo. Simplemente quiero compartir con vosotros algunos de esos “toques” (aprendí esa palabra de uno de nuestros prenovicios de Quito) con los que la realidad nos va moviendo. Vamos allá.

A lo largo del sexenio han ido apareciendo aspectos importantes del proceso de la Orden, y que han sido objeto de trabajo en encuentros, reuniones, etc. Entre ellos, los desafíos de la interculturalidad y la inculturación; la consolidación progresiva de las nuevas Provincias; la expansión en algunos países nuevos y en los que ya estamos, con nuevas obras y presencias; el desarrollo y crecimiento de la pastoral vocacional; el dinamismo de la participación de los laicos; la llamada eclesial a la sinodalidad y que en nuestra Orden hemos acogido sobre todo desde los procesos con los jóvenes; la sostenibilidad integral de nuestras presencias, etc.

Creo que todos estos procesos son dinamismos que nos exigen y nos impulsan como Orden, y que ofrecen pistas para comprender cómo las Escuelas Pías siguen consolidándose, ampliándose y propagándose según deseos e instancias de tantos. Me gustaría compartir con vosotros cuatro dinamismos que considero fundamentales.

El primero lo he llamado “llevar adelante un proyecto de impulso de la Orden”. Pongo un ejemplo sencillo para explicar lo que quiero decir. No hace mucho recibí una carta circular  de uno de los superiores mayores de la Orden en la que, hablando de su Provincia y de sus respuestas ante la pandemia del COVID-19, decía lo siguiente: “Es muy grato y esperanzador constatar que ha sido la apuesta por las grandes claves de vida de la Orden y la Provincia, las que nos han dado los recursos y las herramientas para hacer frente al momento, quizás, más incierto que nos ha tocado vivir”.

Comparto con todos vosotros una convicción importante: trabajar con un proyecto claro, llevar adelante nuestra vida y misión desde unas opciones asumidas por todos y portadoras de vida (las llamamos “claves de vida”) es algo absolutamente necesario para poder “consolidar, ampliar y propagar las Escuelas Pías”. De las cosas que yo más valoro del Capítulo General celebrado en Hungría es que la Orden se dotó de un proyecto claro, que marcaba dirección y que era asumido por el conjunto de las Escuelas Pías.

En muchas oportunidades he podido compartir con vosotros esta reflexión: la vida de la Orden dependerá, en primer lugar, del amor de Dios; en segundo lugar, de la autenticidad de nuestra vivencia escolapia y, en tercer lugar, de que acertemos con las decisiones y opciones. Pues bien, el “proyecto de impulso de las Escuelas Pías” se inscribe en esta tercera clave: dotarnos de un plan claro desde el que caminar. Tal vez nuestro próximo Capítulo General no necesite hacer otro proyecto completo, pero sí, seguro, marcar la dirección desde la que caminar en cada una de las claves de vida que tenemos asumidas.

El segundo dinamismo lo he llamado “entender el desafío de nuestra realidad escolapia”. Ciertamente que hay muchas llamadas que recibimos de la diversa y plural realidad social en la que vivimos. No me refiero ahora a esas llamadas, sino a las que provienen del “cuerpo escolapio”, de nuestra propia realidad, y que necesitan ser comprendidas, interpretadas e integradas en el proyecto de la Orden.

Pongo algunos ejemplos: la composición creciente e imparablemente intercultural de nuestras demarcaciones; el proceso claramente diverso de nuestras cuatro circunscripciones y que nos exige pensar qué puede aportar cada una al desarrollo escolapio de las otras; el creciente número de jóvenes que llaman a nuestra casa para ser escolapios y que necesitan procesos formativos exigentes y completos; el proceso que estamos impulsando desde la clave de “Escuelas Pías en Salida”; el desarrollo formidable del Movimiento Calasanz; el dinamismo de de la Fraternidad; la llamada incesante a la autenticidad vocacional en todas sus dimensiones, etc. La Orden palpita, y sus palpitaciones indican vida, dirección, opciones. Es muy importante “auscultarla” y responder a lo que emerge en su seno como dones del Espíritu.

Formulo algunas preguntas pensando sólo en uno de los aspectos, el del desarrollo de la Orden en cada continente:

  1. ¿Cómo avanzar hacia un crecimiento sostenible en las circunscripciones de África y de Asia? Y no me refiero solamente a los aspectos económicos o de recursos materiales, sino al concepto de sostenibilidad integral (personas, equipos, proyectos, recursos, identidad, procesos, etc.).
  2. ¿Cómo asegurar en las emergentes presencias escolapias de la Orden las referencias carismáticas que necesitan para crecer bien, desde una identidad calasancia clara y certera?
  3. ¿Cómo podemos intentar una reactivación de la capacidad de crecimiento de nuestras Provincias americanas, la mayor parte bien consolidadas y con muchas posibilidades de ofrecer a la Orden lo que tradicionalmente ha sido ofrecido por las demarcaciones europeas? Es probable que aquí esté una de las claves del futuro de las Escuelas Pías, en los próximos años.
  4. ¿Cómo hacer sostenibles nuestras presencias europeas, sobre todo en el contexto occidental, ante una -por el momento- irreversible reducción numérica de religiosos? ¿Cómo avanzar hacia un renovado y fértil sujeto escolapio que permita no sólo mantener lo que hacemos sino seguir creciendo? ¿Cómo trabajar para seguir teniendo vocaciones religiosas en un contexto como el europeo, aunque sea en números humildes?

Hay un tercer dinamismo al que me quiero referir, y que lo llamo “escuchar el sentir de la Iglesia”. Escuchar a la Iglesia, como hijos, y responder a sus llamadas, como apóstoles. Este es el desafío. No necesitamos “antenas muy especializadas” para detectar las llamadas que la Iglesia nos dirige. Son muy claras. Citemos algunas en dinámica de “respuesta escolapia”.

  1. La sinodalidad, expresión certera y trasformadora de la llamada a la corresponsabilidad, a la participación, a la vinculación de todos en el proyecto escolapio.
  2. Las “Escuelas Pías en Salida”, como camino de crecimiento en disponibilidad misionera y en fraternidad intercultural.
  3. La apuesta por los jóvenes y sus procesos de fe y de discernimiento vocacional. El Papa Francisco marca claramente el camino: La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, conformando un “caminar juntos” que implica una «valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno de los miembros de la Iglesia, mediante un dinamismo de corresponsabilidad[3]”.
  4. La lucha contra todo tipo de abuso (sexual, de conciencia o de poder), ligados a las actitudes clericalistas.
  5. El impulso misionero, de anuncio explícito del mensaje de Cristo, desde todas nuestras plataformas escolapias, acompañando procesos de educación integral desde la fe.
  6. La acogida del migrante, la atención escolapia a los pobres, la apuesta por una educación capaz de transformar la persona y la sociedad.
  7. La llamada a la reconstrucción del Pacto Educativo Global, que nos interpela directamente como escolapios.

No hay duda de que estas y otras llamadas serán objeto de nuestro trabajo capitular. No podremos abordar todas, porque sería imposible hacerlo con la adecuada profundidad, pero lo que sí tendremos que hacer es “escuchar a la Iglesia” y responder como escolapios.

Y el cuarto dinamismo que no puede faltar lo nombro así: “responder a los desafíos reales de los niños y los jóvenes”. Calasanz configuró sus Escuelas Pías como respuesta a la realidad de los niños, a su necesidad de instrucción para salir de la pobreza y marginalidad; al reto de proponerles un futuro no ligado a su cuna, sino al trabajo y al esfuerzo por crecer; al desafío de ayudarles a vivir desde una vida abierta a la fe y sostenida por ella. No fundó las Escuelas Pías desde una mentalidad de “suplencia”, haciendo algo que nadie hacía hasta que alguien -por ejemplo, el estado- lo hiciera. No. Calasanz dio una respuesta integral a un desafío integral. Y hoy sigue siendo necesario responder de la misma manera.

Por eso, si queremos responder a lo que los niños y jóvenes necesitan, tenemos que seguir defendiendo nuestro proyecto, y haciéndolo crecer, también frente a mentalidades y políticas que pretenden que ya no es necesario o que buscan el modo desvirtuarlo o controlarlo; debemos fortalecerlo, desde las claves y características propias de la educación escolapia; debemos enriquecerlo desde desafíos que son más actuales que nunca.

Entre estos desafíos: el derecho a la educación para todos; una educación portadora de respuestas al afán de sentido de la vida que los jóvenes se plantean; una educación integral que acompañe el proceso de fe de nuestros jóvenes; una apuesta por la calidad sobre todo en donde hay menos medios y más necesidades; unos educadores que realmente sientan vocación por educar, etc.

Pienso que estos cuatro dinamismos deberán estar muy presentes en nuestras reflexiones capitulares, y durante el próximo sexenio. Son opciones de “construcción de Escuelas Pías” que debemos tener muy en cuenta para dar respuestas certeras a los retos que tenemos planteados.

Pidamos a Dios, nuestro Padre, que nos ayude e inspire en este proceso. Recibid un abrazo fraterno. 

P. Pedro Aguado Sch.

P. Padre General  

[1] San José de Calasanz. “Memorial al Cardenal Tonti” Opera Omnia, tomo IX, página 305.

[2] San José de Calasanz: Carta 4342 del 17 de marzo de 1647. Opera Omnia, tomo VIII, página 273.

[3] Papa Francisco. Exhortación apostólica postsinodal “Christus vivit” nº 206, de 2019.

Bajo la guía del Espíritu Santo – Salutatio Patris Generalis

Calasanz dio comienzo a sus Constituciones, escritas hace ahora 400 años, incluyendo una frase que los escolapios de todas las generaciones aprendían de memoria: “Spiritu Sancto duce”. La Congregación General ha decidido que nuestro 48º Capítulo General sea convocado bajo este lema tan querido por el santo fundador: “Bajo la guía del Espíritu Santo”.

No se trata sólo de un “recuerdo de aniversario”. Es verdad que cuando nos acercamos al cuarto centenario de la redacción de las Constituciones de San José de Calasanz todos nos sentimos especialmente agradecidos a Dios por la paternidad de Calasanz sobre las Escuelas Pías y por la grandeza y sencillez de la vocación que él engendró en la Iglesia, la vocación escolapia. Es verdad también que surge en nosotros el deseo de conmemorar, de celebrar, de poner de manifiesto la bondad de Dios para con la Obra de Calasanz, que lleva ya cuatro siglos de camino y de historia de entrega a los niños y jóvenes. Es cierto que, en esta dinámica, nos gusta subrayar ideas o frases que nos llaman especialmente la atención y que queremos destacar, siendo la que nos ocupa –bajo la guía del Espíritu Santo– una de las más significativas.

Pero lo que queremos y necesitamos es mucho más. Lo que buscamos, soñamos y esperamos es que nuestro Capítulo General sea, en verdad, una ocasión del Espíritu, una oportunidad de escucha y acogida de sus inspiraciones, un espacio de discernimiento espiritual que nos ayude a marcar la dirección que la Orden debe seguir en los próximos años, en fidelidad al Evangelio, a Calasanz y a nuestra misión educativa y pastoral.

Escribo esta carta fraterna con el objetivo de contribuir a este precioso objetivo: que reflexionemos en profundidad sobre lo que significa celebrar un Capítulo General “bajo la guía del Espíritu Santo”.

Quisiera centrarme solamente en dos aspectos, con el fin de respetar no sólo el espacio, sino también el sentido de una Salutatio. Por un lado, quiero invitaros a acercaros a las claves desde las que Calasanz habla de la fidelidad al Espíritu. Y, por otro, quiero proponer algunas actitudes que nos pueden ayudar en esta apasionante tarea.

En primer lugar, creo que hay tres espacios especialmente importantes en los que Calasanz habla de la guía del Espíritu: la Iglesia, la Formación y la Oración. Hay muchas más, pero estas son especialmente claras y significativas para mí.

El Proemio de Calasanz (CC 1 y C4) comienza diciendo “Cum in Ecclesia Dei”. Desde el primer momento, Calasanz tiene claro que quiere vivir en la Iglesia, ser fiel a ella, y escuchar en ella la voz del Espíritu, que impulsa (tendant) y convoca (vocavit) a cooperar de modo diligente en la misión evangelizadora. Para Calasanz está muy claro: vivimos y somos “en la Iglesia de Dios”, y en ella y con ella discernimos, trabajamos, cooperamos y sentimos. ¿Qué significa esto para nosotros hoy? Sin duda, lo mismo que para Calasanz: fidelidad, pertenencia, compromiso, escucha, plegaria… ¡tantas cosas!

Pienso que esta tiene que ser una de las claves desde las que nuestro Capítulo sea capaz de vivir “bajo la guía del Espíritu Santo”: escuchar la voz del Pueblo de Dios y tomar decisiones en profunda comunión eclesial. Vivimos en una Iglesia, que nos ayuda a poner la mirada en los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional; en una Iglesia que busca crecer en sinodalidad y en participación corresponsable; en una Iglesia que propone un nuevo Pacto Educativo Global; en una Iglesia que busca una educación desde una ecología integral. Formamos parte de una Iglesia que lucha en cada contexto por anunciar con claridad el mensaje del Evangelio, y por ser portadora de la caridad de Cristo por todos los hombres y mujeres.

En segundo lugar, me gusta contemplar a Calasanz hablando del Maestro de Novicios (CC23). Calasanz pide al formador que “interprete con fino discernimiento en cada novicio su tendencia profunda o la orientación del Espíritu Santo”. La tarea formativa es contemplada por Calasanz como un ejercicio de discernimiento continuo para descubrir y secundar las inspiraciones del Espíritu Santo en el propio corazón. Y si esto se puede decir de la   formación de los novicios, podemos y debemos decirlo de toda la vida escolapia, en cualquier edad y momento vital.

Necesitamos escuchar la voz de la Iglesia, que hoy nos llama a la centralidad de Jesucristo, a la preferencia por los pobres, la autenticidad de vida, la misericordia, el anuncio gozoso de la Buena Noticia, la pobreza y sencillez de vida, a la experiencia auténtica y firme de nuestro carisma específico, y al testimonio evangélico de la superación de la autoreferencialidad y el clericalismo. Escuchamos al Papa que nos llama “a ser, de verdad, expertos en comunión y a salir de nosotros mismos para ir con valentía a las periferias existenciales, y nos invita a un nuevo “Pentecostés de los Escolapios”. Acogemos los deseos de Francisco, que espera que la casa común de las Escuelas Pías se llene de Espíritu Santo, para que se cree en nosotros la comunión necesaria para llevar adelante con fuerza la misión propia de los Escolapios en el mundo, superando los miedos y barreras de todo tipo. Que sus personas, comunidades y obras pueden irradiar en todos los idiomas, lugares y culturas, la fuerza liberadora y salvadora del Evangelio. Que el Señor les ayude a tener siempre un espíritu misionero y disponibilidad para ponerse en camino[1]”.

Si vivimos abiertos al querer de Dios, tratando de encarnar la vocación con honesto y humilde deseo de autenticidad, la persona y la vida del escolapio se constituyen en espacio de manifestación de Dios, que impulsa desde el interior (internam propensionem) hacia la plenitud vocacional.

Es por esto por lo que nuestro Capítulo General dedicará un tiempo a reflexionar sobre “el escolapio que necesitamos” y las mediaciones desde las cuales podemos ayudarnos unos a otros a crecer. En esta tarea es clave la formación inicial, pero sobre todo es clave la vida escolapia vivida en creciente esfuerzo de autenticidad. Ahí también está en juego la apertura al Espíritu.

Un tercer espacio del que Calasanz habla explícitamente como ocasión del Espíritu es la oración, la meditación sosegada y serena de la Palabra de Dios, la vivencia sincera de la vida espiritual. Todos conocemos la preciosa expresión de Calasanz en la que -citando Juan 3, 8- afirma que “la voz de Dios es voz de espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuándo sople; de donde importa mucho estar siempre vigilante para que no venga improvisamente y pase sin fruto[2]”.

Me alegro profundamente de que el Capítulo General vaya a dedicar algo de su trabajo a entrar en lo que podríamos llamar el “modo calasancio de orar”, y nos pueda ofrecer algunas pistas para profundizar en aspectos propios de nuestra espiritualidad que en ocasiones podemos descuidar. En Calasanz, la oración es un espacio de escucha y docilidad a las indicaciones del Espíritu Santo, vinculada con el sosiego y el silencio interior, con la meditación y la contemplación del Señor.

Muchas veces he pensado que los escolapios desconocemos o descuidamos la profundidad de la espiritualidad calasancia, y en ocasiones acudimos a otras espiritualidades o devociones más o menos alejadas de nuestra propia identidad. Necesitamos entrar más a fondo en la herencia espiritual de Calasanz, y formar desde ella a nuestros jóvenes. A veces veo incluso en Casas de Formación ciertas maneras de orar que no responden a lo que hemos recibido como herencia, y bien consolidada, de nuestro propio patrimonio espiritual.

Sintetizo esta primera parte de mi reflexión compartida recordando su hilo conductor. Nos ayuda a entender lo que significa celebrar un Capítulo General bajo la guía del Espíritu Santo el acercarnos a los espacios privilegiados que Calasanz destaca como “ocasiones del Espíritu”. He querido destacar sobre todo tres: nuestra vivencia eclesial, nuestra formación y vida escolapia atenta al trabajo interior del Espíritu y nuestra experiencia espiritual y de oración. Sin duda, tres ámbitos que deberemos tener muy presentes en estos meses y en el próximo sexenio.

Quiero dedicar la segunda parte de mi carta fraterna a destacar dos actitudes que nos pueden ayudar en esta tarea tan apasionante de vivir bajo la guía del Espíritu Santo. Creo que nuestro Capítulo General nos hará un gran servicio si nos las propone y nos las recuerda a todos, y que nosotros haremos del Capítulo un buen espacio de discernimiento si las vivimos y las compartimos. Cada una de ellas daría para una muy amplia reflexión, pero creo que vale la pena decir algo de cada una.

Vivir la vida como un proceso espiritual. Nuestra vida suele estar llena de actividad, de trabajo y de diversas responsabilidades. Esto probablemente nunca cambie. Pero hay ciertos dinamismos que, sin “ahorrarnos trabajo”, nos ayudan a vivir de modo más consciente todo lo que hacemos, y a saber percibir la presencia de Dios en nuestra vida. Se trata de saber dar nombre a lo que vivimos; trabajar para ponerlo en manos de Dios;  cuidar aquellas mediaciones que nos ayudan a vivir más centrados en la fe; trabajar nuestra libertad interior que nos ayuda a decidir desde el bien común y no desde nuestros planes personales; cuidar las diversas dimensiones de nuestra vocación siendo conscientes de nuestra fragilidad; buscar aquellas ayudas que nos puedan fortalecer; encontrar en la misión y en la comunidad apoyo y fortaleza; cuidar aquellos tiempos en los que podemos estar más dedicados al trabajo interior, valorándolos en su justa medida; vivir la vida cotidiana como clave de fidelidad, etc. En definitiva, de lo que se trata es de asumir que nuestra vocación necesita de un proceso espiritual cuidado y compartido. Espero que nuestro Capítulo nos ofrezca alguna palabra sobe todo esto.

Valorar la entrega a la misión. Para el escolapio, la entrega a los niños y jóvenes es la más genuina expresión del encuentro con Cristo. Desde el nacimiento de nuestra Orden, este “secreto calasancio” nos ha marcado profundamente: “Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a Mí” (Mc 9, 37). Calasanz se refiere a este texto en su Proemio, y lo hizo carne propia toda su vida. Es bueno que nuestro Capítulo General, que tendrá bien presente el 400º aniversario del Memorial al cardenal Tonti, ofrezca orientaciones sobre nuestro insustituible ministerio. Es de gran ayuda leer en el Proemio de Calasanz que tendemos a la perfección de la caridad, bajo la guía del Espíritu Santo, mediante el ejercicio de nuestro propio ministerio (CC1, C4). Nuestra misión no es sólo un “trabajo”, sino el espacio privilegiado de encuentro con Cristo.

Tengo la experiencia de haber conversado con muchos jóvenes escolapios que inician su ministerio y tienen sus primeras experiencias como educadores y como sacerdotes. Es muy frecuente que me digan algo como esto: “es mucho más lo que me dan los niños a mí que lo que yo les doy a ellos” o “lo que me sostiene en mi vocación es el encuentro con los niños”. Durante la experiencia de la pandemia pude conversar con varios escolapios, todos ellos coincidentes en una nostalgia profunda: “me faltan los niños”. Nuestra misión, nuestra entrega diaria a los niños y jóvenes, es un elemento central de nuestra vivencia espiritual y de nuestra capacidad de vivir bajo la guía del Espíritu Santo.

Sigamos orando por los frutos de nuestro Capítulo General, para que todo sea para Gloria de Dios y Utilidad del Prójimo.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

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[1] FRANCISCO. “Mensaje a las Escuelas Pías en el Año Jubilar Calasancio”. Noviembre de 2016

[2] San José de Calasanz. OPERA OMNIA. Capítulo 1, página 169. Carta de 23 de noviembre de 1622.