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Anuario 2019-20. Consolidación y Expansión de las Escuelas Pías

Uno de los objetivos fundamentales de un anuario es reflejar la vida. A todos nos ayuda poder ver, en una publicación, la vida que ha ido creciendo entre nosotros a lo largo de los últimos tiempos. Este anuario de las Escuelas Pías lo hace con mucha claridad, porque está destinado a compartir los diversos procesos de consolidación y expansión vividos por la Orden en estos años.

A través de la lectura de estas páginas podrás conocer los esfuerzos realizados en cada demarcación escolapia por seguir construyendo el sueño de Calasanz. Podrás conocer cómo evolucionan nuestras presencias, tratando de consolidar nuestro servicio educativo y pastoral, y podrás también compartir la lucha y el esfuerzo vivido por los fundadores para sacar adelante una nueva presencia escolapia.

Para ver el ANUARIO 2019-20 pulse el siguiente enlace https://scolopi.org/wp-content/uploads/2021/02/anuario-scolopi-2019-20-web.pdf

Un ministerio insustituible

El Ministerio escolapio, definido por Calasanz como insustituible, será el tercer núcleo importante sobre el que queremos trabajar en el próximo Capítulo General, junto con los dos que han sido objeto de mis anteriores cartas fraternales (“la construcción de la Orden” y “El escolapio que necesitamos”) y el cuarto al que me referiré en el próximo, si Dios quiere (la centralidad de Jesucristo). Calasanz pone en el Monumento al Cardenal Tonti de la siguiente manera.“Y entre estos últimos está la Obra de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, con un ministerio insustituible, en opinión común a todos, eclesiásticos y laicos, príncipes y ciudadanos, y quizás el principal por la reforma de costumbres corruptas; un ministerio que consiste en la buena educación de los niños, ya que de ella depende todo el resto del buen o mal vivir del futuro hombre ”. [1]

Hay una variedad de puntos de vista desde los que podemos acercarnos a las claves de nuestro ministerio escolapio. Sin duda, el Capítulo General tendrá la oportunidad de profundizar en varios de ellos. Me gustaría centrarme, en esta breve reflexión, en tres aspectos que creo que son muy importantes para mí.

El primero es precisamente el adjetivo que Calasanz utiliza para referirse a nuestro ministerio: “ insustituible”. He pensado mucho en esta afirmación. Y creo que tiene un significado muy profundo.

Algunas personas pueden pensar que la misión educativa que realizan las Escuelas Pías tiene sentido mientras los Estados no asuman plenamente el deber de garantizar la educación a las generaciones jóvenes. Según esta visión, la propuesta de Calasanz nacería con una “mentalidad de repliegue”, hasta que otros organismos asumieran el desafío de la educación.

Nada más alejado de la realidad. Ni Calasanz, ni muchos otros fundadores de congregaciones religiosas dedicadas a la educación tomaron sus decisiones desde una mentalidad alternativa. Todo lo contrario. Querían dar una respuesta integral a una necesidad integral. Nuestro proyecto educativo nunca dejará de ser imprescindible, porque nunca antes, ahora o en el futuro, será asumido plenamente por los estados. La escuela escolapia tiene algo más,y debe aportarlo. El Colegio Escolapio debe creer en su proyecto y ofrecerlo sin duda y con convicción, por el bien de los niños y los jóvenes. Por eso es fundamental el trabajo conjunto de todos los que creen en esta propuesta educativa. Esa es la única forma en que seguirá adelante. Todavía hay muchos niños y adolescentes sin escolarizar y muchos más que necesitan una escuela que realmente funcione como tal. Y siempre será necesario tener una escuela que evangelice la educación, que los acerque a Cristo, que apueste por los pobres, que huela a Reino de Dios. Esto no lo ofrece ningún plan de estudios oficial.  

Calasanz nos enseñó a creer en lo que estamos llamados a aportar. Creer no solo teóricamente, sino también comprometido, como creen los creyentes. Creer para entregarnos a lo que creemos. Creer es trabajar por ello, por un proyecto audaz de la Escuela Escolapia. Sin tener miedo a las dificultades que puedan surgir.

Creer en nuestro proyecto, sin degradarlo ni disolverlo en el mercado educativo, para dar respuesta a las expectativas, y convocar a todos a un proyecto común, liderándolo tanto como sea necesario.

Creer en nuestro propio proyecto significa que -aunque debemos saber posicionarnos en cada contexto- no lo adaptamos a las demandas, sino que lo ofrecemos como algo valioso, de tal manera, por supuesto, que se pueda recibir. y bienvenida. Lo ofrecemos como un servicio humilde, pero con convicción.

Porque creemos, invitamos a otros a este proyecto. El mundo, los niños, los jóvenes necesitan educadores convencidos, necesitan religiosos escolapios, necesitan pastores dedicados, necesitan padres convencidos. Llamar es una tarea extraordinaria. No es egocéntrico. No hay nada más comprometido con el ser humano que llamar a ser educadores. No basta con dar nuestra vida por la educación, debemos buscar a otros que lo hagan después de nosotros. Esta es una de las buenas enseñanzas de Calasanz. 

A veces da la impresión de que no tenemos un proyecto. O que nos contentamos con cumplir con los requisitos de la legislación de cada país. Hay gente en nuestras instituciones que piensa que la nuestra trae muy poca novedad y que, si nos vamos, no pasa nada. Al contrario, hay que decir que dejar una escuela es algo que no podemos permitirnos, ni estar en ella sin trabajar por su futuro, por su crecimiento, por su consolidación.

Hay un segundo punto de vista desde el que quiero referirme a nuestro ministerio, y no es otro que el contexto provocado por el Papa Francisco llamando a toda la sociedad a “ Reconstruir el Pacto Educativo Global ”.

Desde el momento en que el Papa nos convocó a este formidable desafío, he estado colaborando en algunos equipos, especialmente desde la coordinación de las respuestas que podemos dar a las distintas congregaciones religiosas que se dedican a la educación. Me gustaría ofrecerles un resumen de lo que está en juego en este tema del PACTO EDUCATIVO GLOBAL.

Como punto de partida, el Papa cree que hay que “ reconstruir ” el pacto educativo, porque hay importantes fracturas que debemos reconocer y afrontar, especialmente tres: entre la persona y Dios; luego, la de las relaciones humanas en su diversidad (la relación con quien es diferente a mí) y, finalmente, la de la persona con la naturaleza. Estas tres fracturas solo se pueden superar mediante la educación. Por eso es necesario un pacto global para abordarlos y permitirnos luchar por un mundo diferente.

El itinerario desde el que se aborda este trabajo de reconstrucción del PACTO EDUCATIVO GLOBAL contempla diversos encuentros y foros de reflexión, la definición de algunos núcleos centrales desde los que articular el proceso del Pacto, y opciones preferenciales desde las que avanzar. Dejo de lado la referencia a las distintas reuniones, cuya información es pública y está disponible para todos, y me refiero a los núcleos y opciones.

Los cuatro ejes centrales desde los que queremos trabajar han quedado claros: la dignidad y los derechos humanos; ecología integral desde la perspectiva de Laudato Si ‘; paz y ciudadanía; solidaridad y desarrollo. Las tres opciones desde las que conducir todo el proceso en estos núcleos también son claras. Hay tres: poner a la persona en el centro; impulsando todos los procesos que ayudan a la persona a crecer; educar al servicio del bien común de todos los seres humanos.

Creo que no estamos ante una serie de hechos más o menos interesantes, sino ante un formidable proceso de repensar la educación y ponerla en marcha, como clave para un mundo mejor, de una sociedad más justa y fraterna. Para nosotros, escolapios, hijos e hijas del fundador de la escuela popular cristiana, es fácil comprender este proceso, porque llevamos cuatro siglos trabajando en él y porque sabemos desde el inicio de nuestra historia escolapia que “ si desde En la infancia el niño está diligentemente imbuido de piedad y en las letras, se puede prever un curso feliz de su vida, con fundamento [2] , y que “ de la cuidadosa educación de los niños depende la reforma de la sociedad”. [3] Por eso nuestro ministerio es“insustituible”. [4] Calasanz lo expresó sublimemente en uno de los párrafos más conocidos de su Memoria al Cardenal Tonti: “ Muy meritorio, por establecer y aplicar con plenitud de caridad en la Iglesia, un remedio preventivo y curativo del mal, inductivo e iluminador para bueno, destinado a todos los niños de todas las condiciones – y por tanto a todos aquellos que pasan primero por esa edad – a través de letras y espíritu, buenas costumbres y modales, la luz de Dios y del mundo. [5] “

Me gustaría invitarlos a todos a ser parte de este desafío propuesto al mundo por el Papa Francisco. Estemos atentos al proceso y busquemos nuestras mejores formas de participar en esta tarea universal de reconstrucción del pacto global por la educación. Estamos ante un desafío que ya ha sido iniciado, proféticamente, por Calasanz, y en el que hoy podemos y debemos seguir dando lo mejor de nosotros. Sabemos que la situación actual no es fácil. Pero por eso es más urgente.

Y el tercer aspecto desde el que quiero abordar la reflexión sobre nuestro ministerio tiene que ver con algunas apuestas que hemos hecho como Orden y que debemos profundizar. Son muchos de ellos, pero solo voy a mencionar cinco de ellos.

El primero es mantener nuestras escuelas.Tenemos que ser realistas: tenemos escuelas en crisis. La pandemia de COVID-19 ha llevado a una situación en la que la sostenibilidad no está garantizada para algunas de nuestras escuelas. Esta es la realidad. Vamos a tener que recorrer un camino difícil, en el que tendremos que tomar decisiones complicadas, para que podamos sostener algunas de nuestras escuelas hasta que la situación mejore y podamos volver al estado prepandémico, si podemos. Necesitamos hablarnos claramente, pero también debemos animarnos a luchar, como Orden, por nuestras obras. Las cosas no son fáciles, especialmente en algunos contextos que han sufrido especialmente la pandemia, como nuestras provincias americanas. Hace unos meses ni siquiera me habrían tolerado esta apuesta de “mantener nuestras escuelas”. Pero el escenario que tenemos nos obliga a tomárnoslo muy en serio.

Hay una segunda apuesta apasionante que estamos haciendo en relación a nuestro ministerio: el proceso sinodal y el Movimiento Calasanz. El Sínodo escolapio que vivimos y el trabajo sostenido para consolidar el Movimiento Calasanz en todas las Escuelas Pías abre nuevas “ ventanas de misión y nos plantea nuevos retos. Estoy seguro de que nuestro Capítulo General, que contará con la presencia de algunos jóvenes en los últimos días de trabajo, nos dará pistas sobre todo esto. Entre estos desafíos, podemos citar algunos que ya aparecen con fuerza: qué tipo de escolapios necesitan los jóvenes de hoy; qué propuestas de corresponsabilidad en la misión se deben construir con los jóvenes; qué testimonio debemos ofrecerles; qué calidad en las claves del Movimiento Calasanz debemos garantizar; qué dinamismos vocacionales debemos promover; qué procesos de fe podemos y debemos acompañar, etc.

La tercera apuesta tiene que ver con la innovación educativaen nuestras plataformas educativas. Todos estamos trabajando aquí. Solo quiero nombrar la principal preocupación que percibo entre los responsables de nuestro ministerio: la innovación, sí, pero desde quienes somos, desde nuestra identidad. Este es el desafío de las Escuelas Pías. Estamos inmersos en un proceso de profunda innovación. Somos conscientes de que nada puede ser igual durante mucho tiempo, y que debemos saber estar en el mundo en que vivimos y en el que vendrá. Sabemos que el verdadero escolapio es el que prepara a sus alumnos para saber vivir en un mundo que aún no existe pero los empodera para crearlo y transformarlo. Por eso creemos en la innovación. Pero la verdadera innovación, desde cuya perspectiva estamos hablando, sólo puede hacerse partiendo de nuestra propia e indispensable identidad de quiénes somos y determinando, con cierto discernimiento, cuáles son los vectores esenciales desde los que queremos innovar nuestra escuela. Luego, una vez que hayamos cambiado los vectores, vendrán métodos y recursos.

La cuarta apuesta la plantea directamente el propio proceso del Pacto Global por la Educación, y podemos sintetizarlo así: educar para la ciudadanía global, con una fuerte inspiración en las propuestas de la encíclica Laudato si ‘del Papa Francisco. Incluso hay un concepto que ya se está acuñando, y es la ecoeducación.concepto. Nuestras escuelas tienen un proyecto educativo claro y basado en el evangelio. Sabemos lo que queremos. Lo damos a conocer. Intentamos que sus claves impriman el trabajo diario de los educadores. Buscamos que lo conozcan las familias. Lo convertimos en propuestas educativas desafiantes para nuestros alumnos, y tratamos de acompañar adecuadamente su proceso de crecimiento integral como personas. Pues bien, a esta necesidad de tener un proyecto claro, asumido y compartido, hay que sumar hoy una certeza muy clara: entre los ejes de este proyecto debe estar el desafío de educar para una ciudadanía global y en la conciencia de la importancia de la ecología integral. . Este compromiso debe estar en el corazón de nuestro proyecto, si queremos ser fieles a lo que la Iglesia nos propone y a lo que nuestro mundo necesita: jóvenes comprometidos con la construcción de un mundo mejor, para ellos y para las generaciones futuras.

Y la quinta apuesta a la que quiero referirme es profundamente calasanctiana, y Nuestro Santo Padre lo dejó escrito en sus Constituciones:   cuidar con esmero nuestra misión . Muy bello es el texto de Calasanz:   “Si nuestro Trabajo se lleva a cabo con el debido cuidado, sin duda las insistentes peticiones de fundación continuarán en muchos estados, ciudades y pueblos, como se ha comprobado hasta el presente”. [6] Nuestro ministerio debe vivirse así: con cuidado y atención diaria. Clase por clase, reunión por reunión, proyecto por proyecto, alumno por alumno, día a día, todos los días. Sólo así vivimos en fidelidad la vocación escolapia. Es bueno recordarlo de vez en cuando. Para nosotros no hay calidad sin compromiso.

Recibe un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. pag.

Padre General

Reconstruir el Pacto Educativo Global. Seminario Internacional de Formación

El evento virtual del 15 de octubre que convocó el Papa sobre el Pacto Educativo solo fue el inicio de una serie de iniciativas que se están organizando para sumarse a esta corriente de vida que busca humanizar la educación.

La comisión de educación de la USG y la UISG; es decir, toda la Vida Religiosa, ha organizado un Seminario on-line del 12 al 14 de noviembre para saborear los desafíos que se proponen en el Pacto Educativo. Para ello, un grupo de 700 participantes hemos conversado con la ayuda de la metodología de “Indagación Apreciativa”, que usa el diálogo como herramienta para el cambio.

De las Escuelas Pías participamos los miembros del Secretariado de Ministerio y escolapios de la Provincia de Betania, Emaús, África del Oeste, Nazaret, México, Polonia, Italia y Austria.

Al organizar el evento, la comisión se planteó los siguientes objetivos:

1. Profundizar en el desafío de la reconstrucción del PACTO EDUCATIVO GLOBAL propuesto por el Papa Francisco.

2. Reflexionar sobre el papel de la Escuela Católica ante este desafío, buscando caminos comunes de trabajo en red.

3. Conocer el método Indagación Apreciativa, de alto interés para nuestras Congregaciones en sus procesos de análisis, discernimiento, planificación y toma de decisiones.

Abrió el Seminario el P. Pedro Aguado, en calidad de Presidente de la Comisión. Nos leyó una bellísima carta que había escrito el Papa Francisco con motivo de este evento internacional.

Es un honor para los escolapios que en la carta que escribió para este evento internacional cite a San José de Calasanz como pionero de la educación popular: “La Vida Consagrada ha estado siempre a la vanguardia de la tarea educativa. Ejemplo de ello es vuestro fundador, san José de Calasanz, que levantó la primera escuela de niños, pero también los religiosos que lo educaron en Estadilla y mucho antes los monasterios medievales que preservaron y difundieron la cultura clásica. De esta fuerte raíz, han surgido en todas las épocas de la historia distintos carismas que, por don de Dios, han sabido acomodarse a las necesidades y desafíos de cada tiempo y lugar. Hoy la Iglesia los llama a renovar ese propósito desde la propia identidad, y les agradezco que hayan tornado este testigo con tanto empeño y entusiasmo”.

Seguidamente, Monseñor Zani, secretario de la Congregación para la Educación Católica, dirigió unas palabras que nos animaban a darle vida al pacto Educativo desde nuestros carismas.

La dinámica de trabajo la llevó magistralmente Carmen Subirana, experta en la metodología de Indagación Apreciativa y directora del Instituto IDEIA. Por supuesto, con ayuda de un buen equipo de trabajo.

Después de una conferencia inicial para explicar bien la metodología de trabajo, se hicieron 7 grandes subgrupos por grupos lingüísticos. A su vez, en cada uno de ellos se formaron subgrupos de 8 personas para los diálogos.

El producto final fue una serie de declaraciones y pautas de acción sobre el Pacto Educativo, Un material extraordinario que deberá analizar la comisión de educación y decidir qué hacer con las conclusiones del trabajo.

Aunque el tiempo ha sido poco, ha sido un verdadero SINODO que ha comenzado a diseñar un proyecto global para nuestras escuelas. Esperamos con ansia las conclusiones para que nos puedan servir de inspiración a nuestras familias religiosas.

La llama está prendida en muchos. Deseamos que, como el fuego olímpico recorra todas nuestras obras educativas para que se muchos más educadores se sumen al hermoso proyecto de fraternidad universal impulsado por el Papa Francisco.

P. Javier Alonso, Sch.P.

El escolapio que necesitamos

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Nuestro próximo Capítulo General, que conmemorará el cuarto centenario de la publicación del Memorial al Cardenal Tonti, escrito por San José de Calasanz para defender su proyecto de que las Escuelas Pías fuesen constituidas como una Orden religiosa de votos solemnes, trabajará algunos temas importantes, inspirados en dicho Memorial. Uno de ellos tiene que ver con el título de esta carta fraterna.

Efectivamente, Calasanz insiste con mucha fuerza en una de sus más hondas convicciones: la Orden de las Escuelas Pías irá adelante sólo si los escolapios vivimos la vocación con autenticidad. Dice así, en el citado memorial: “La ampliación y propagación de las Escuelas Pías, según las necesidades, deseos e instancias de tantos, no puede hacerse sin muchos obreros, y no es posible conseguirlos si no tienen gran espíritu y no son llamados con vocación particular; ya que los llamados en general a abandonar el mundo, al no tener espíritu sino de incipientes, necesitan todavía destetarse de las comodidades del siglo y preferirán siempre, como lo muestra la experiencia, alguna Orden ya aprobada en la que después del Noviciado estén seguros de tener la vida asegurada y puedan llegar al sacerdocio, más que ingresar en una Congregación donde, en lugar de estas ventajas, se van a encontrar con otras dificultades que derivan de una vida mortificada por el trato obligado con muchachos, trabajosa por el continuo esfuerzo de su profesión, y despreciable a los ojos de la carne, que considera así la educación de los niños pobres[1]”. 

Es un texto muy fuerte, pero muy iluminador para el momento que vivimos. Calasanz sabe que su proyecto pervivirá si los escolapios son lo que tienen que ser. Por eso insiste tanto en el tipo de religiosos que quiere para las Escuelas Pías. Tenemos muchos ejemplos en sus escritos, y podemos leerlos y reflexionarlos con calma. Yo sólo he querido citar uno de ellos, porque me parece muy significativo para tratar de responder a esta pregunta tan importante: ¿cómo tiene que ser el escolapio? ¿qué escolapio necesita la Orden, los niños, los jóvenes, la Iglesia, el mundo? Calasanz responde: un escolapio con gran espírituconsciente de su vocación, que no busca ninguna seguridad ni comodidad, sino entregarse a los niños y jóvenes con pasión, aunque nadie valore ni comprenda su vocación, porque los valores del mundo son otros. Este es el escolapio querido por Calasanz. Por eso es fundador, porque pensó en grande.

Quiero añadir una segunda reflexión, antes de pasar a la parte propositiva de esta carta fraterna. Me refiero al proceso de reducción de la Orden, acontecido en vida de Calasanz, y a su restauración como Orden de votos solemnes. Echar un vistazo a la historia siempre nos ayuda, máxime si lo hacemos ante uno de los episodios más significativos de nuestro caminar, el momento en el que parecía que todo se iba a perder. Fueron 23 años de lucha por conseguir la restauración de las Escuelas Pías.

Nuestros historiadores hablan de diversos factores que ayudaron en este proceso. Yo quiero fijarme en los internos, no en los externos. Quiero destacar lo que vivían los escolapios y las opciones que tomaron, porque nos pueden ayudar a comprender lo que hoy tenemos que hacer. Apoyándome en los escritos del P. Enric Ferrer, quiero destacar cuatro aspectos especialmente significativos:

  1. La clarificación de los que realmente querían ser escolapios de verdad, según el estilo de Calasanz. Durante estos 23 años, abandonaron las Escuelas Pías unos 250 religiosos, y quedaron otros tantos. La mayor parte de los que se fueron, ciertamente, no aguantaban ni la escuela ni la pobreza, y no se veía su gran espíritu ni su vocación particular, aunque había excepciones, como es natural.
  2. Llegan nuevos escolapios bien preparados y excelentes religiosos, que se unen a los fieles de siempre (Conti, García, Castelli, Caputi, Berro, Apa, Novari…) y regeneran el tejido escolapio. Nuevas vocaciones tocadas del don de la autenticidad, que entran en la Orden en tiempos recios.
  3. No se cerró ninguna escuela escolapia. Este fue el mejor ejemplo del valor y de la necesidad del ministerio escolapio. Incluso en algunas escuelas aumentó el número de alumnos. Y, sin duda, en las comunidades se vivía con mayor paz, sin la compañía de los intrigantes.
  4. se potenció la formación inicial. Ya en 1660, nueve años antes de la plena restauración, se abrió en Chieti un Juniorato con dos grandes escolapios al frente, que entraron después de la reducción: Angelo Morelli (rector) y Giovanni Carlo Pirroni (maestro). Empezaron entonces a trabajar en lo que luego sería la Ratio Studiorum. Los frutos no tardaron en llegar, años después.

Podemos seguir poniendo ejemplos de nuestra larga historia, y serían muy iluminadores. También de nuestro momento actual. Pero me quedo con lo que he dicho hasta ahora, que es más que suficiente para poder compartir con todos vosotros algunas convicciones que, a lo largo de estos años, han arraigado con fuerza en mi interior, y que me ayudan a dar respuesta a esta importante pregunta: ¿cómo es el escolapio que necesitamos? Serán cinco.

Mi primera afirmación es esta: el escolapio que necesitamos no vendrá, ni estará, si nosotros no lo somos ni lo testimoniamos. Es inútil esperar que los que vengan sean los escolapios que necesitamos si no ven en los que estamos algo del escolapio que sueñan ser. No tendrán gran espíritu si no lo ven en nosotros; no percibirán la fuerza de la vocación si no la experimentan en la vida cotidiana; no serán si no lo somos. Por eso es tan valioso el testimonio del escolapio anciano, o de media edad, o joven adulto, pero que cree en lo que vive y lo vive con pasión. Él es el portador de ese gran espíritu. Y por eso es tan destructivo el escolapio vago, sin convicción o generador de malos ambientes. El escolapio que necesitamos, o está en la Orden o no existirá nunca, salvo don inmerecido de quien todo lo puede.

En segundo lugar, creo que en las Escuelas Pías tenemos el desafío de transmitir ese gran espíritu, y eso sólo se puede hacer por la vía de “elevar el nivel”. No estamos aquí para aceptar opciones mediocres ni para ofrecer vidas baratas. Los jóvenes que vengan serán los escolapios que necesitamos si lo que respiran en la Orden es exigencia, convicción, estilo de vida definido, cuidado de las claves fundamentales de la vida consagrada escolapia. Sólo ahí aparecerá la auténtica alegría, la fraternidad que sostiene y hace crecer, la misión que da frutos y la serenidad de quien sabe que está dando la vida por algo que realmente vale la pena. Lo mismo podemos y debemos decir del proceso de integración y consolidación del laicado escolapio.

No creemos en barnices externos, sino en transformación interior. No buscamos personas perfectas, sino deseosas de crecer y conscientes de su pequeñez ante el don y la llamada recibidos. Así podrán crecer las vocaciones religiosas y sacerdotales escolapias, las fraternidades, la misión compartida, los escolapios laicos y todas las diversas vocaciones que el Espíritu Santo quiera suscitar. Lo hará, como siempre, porque el espíritu que se nos ofrece a todos es de “fortaleza, amor y dominio propio, porque no somos llamados por nuestros méritos, sino por la gracia del Señor[2]”.

Los jóvenes que vengan serán los escolapios que necesitamos -tercer apunte- si la formación que reciben les hace crecer. La formación escolapia tiene una dimensión que no debemos minusvalorar, y es la de transformar la persona para hacerla escolapia. No dejamos de ser quienes somos, pero no nos quedamos quietos. Hay un proceso de cambio, que nos debe ayudar a entrar en una dinámica de fidelidad creciente. Esta es la vida del escolapio que necesitamos. ¿Cómo podemos vivir sin dejar marchitar el primer amor[3]? ¿Cómo podemos mantener siempre el mismo afán vocacional con el que entramos a la Orden?

Muchas veces me habéis oído decir -y lo he dejado escrito-, que los jóvenes que profesan en la Orden para ser los escolapios que necesitamos, tienen una pregunta interior que normalmente no se atreven a formular, pero es real. La pregunta es ésta: “¿seré capaz de vivir, hasta el final, con la misma pasión e intensidad con las que estoy viviendo mis primeros años como religioso, o acabaré perdiendo este primer amor?”. Esta pregunta está en el alma de cada joven. Siempre les digo que la respuesta no la encontrarán en ningún libro. La respuesta se encuentra contemplando, por ejemplo, a un anciano que sigue viviendo con alegría y con profundidad su vocación. Al ver a una persona así, los jóvenes pueden comprender que SÍse puede. Es posible vivir hasta el final con la misma entrega vocacional. Y el camino no es otro que la fidelidad.

Mi cuarto apunte se refiere precisamente a este aspecto, al de la fidelidad vocacional. Si analizamos las razones por las que algunas personas nos dejan, creo que hay aspectos que son bastante comunes y, por lo tanto, iluminadores. Y algunos de ellos no son de su exclusiva responsabilidad. Entre ellos, puedo citar los siguientes: el escaso cuidado de la vida espiritual y de la fidelidad a la oración; la escasa profundización en el significado auténtico de los votos y en cómo deben ser cuidados y vividos; la dificultad para vivir relaciones humanas sanas y fraternas, sobre todo en la vida comunitaria; la búsqueda del propio bienestar y la excesiva preocupación por sí mismo y su mundo; la baja calidad de la vida comunitaria; las dificultades para vivir con la diversidad, en una vida consagrada cada vez más plural, multicultural y abierta; la pequeñez de la transparencia vivida y promovida, etc. El escolapio que necesitamos deberá saber cuidar su vocación, deberá dejarse cuidar y tendrá derecho a que le ayudemos en este camino. Nadie puede recorrerlo solo.

Mi quinta y última aportación -no quiero superar los límites de una carta fraterna como ésta- tiene que ver con el equipamiento del que deberá dotarse -y del que deberemos dotarle- en este momento histórico que le toca vivir. No se puede emprender un largo viaje, y por caminos desconocidos, sin un equipamiento adecuado. Me referiré sólo a algunos ejemplos, basándome en lo que les va a tocar vivir a quienes quieran ser escolapios hoy.

Serán escolapios inmersos en una sociedad secular o en camino inexorable de serlo. La secularidad es un dato objetivo de la realidad mundial, ya actual en buena parte de nuestras sociedades, y por llegar -para quedarse- en otros contextos mundiales. Deberán saber vivir en un contexto en el que el viento no soplará a favor, y en el que no será fácil llevar adelante nuestra misión. Pero, como todos, un contexto apasionante en el que la búsqueda de Dios será progresivamente más auténtica y probada.

Deberán saber convivir con la diversidad, con el diferente, con lo plural. Vivirán en comunidades y contextos interculturales y abiertos. Deberán saber comprender y amar el mundo en el que viven, para poder cambiarlo.

Deberán ser escolapios preparados. En algunos contextos, serán poco numerosos, en otros su número será mayor, pero en todos los contextos deberán estar bien preparados en lo humano, religioso, teológico, científico, filosófico, pedagógico, etc. Las Escuelas Pías necesitan escolapios capaces de abrir caminos y de entender el mundo.

Deberán ser escolapios fuertemente identificados con las Escuelas Pías y con el carisma. Necesitamos escolapios que conozcan bien la Orden, el fundador, nuestra misión, nuestra identidad. Escolapios realmente pertenecientes, que estudian y profundizan aquello a lo están llamados a vivir. Escolapios realmente identificados serán transmisores de esa identidad.

Y, finalmente, deberán ser hijos auténticos de Calasanz, que nos dejó claro cuál es el centro de la vida escolapia, cuál el modo en el que debe ser vivida, cuáles las claves que ayudan y sostienen la vocación, cuál el sentido de nuestra misión, etc. Escolapios consagrados al único Señor, centrados en su fe, entregados a la misión, hermanos de comunidad, acompañantes de los niños y jóvenes y siempre en camino de conversión.

Quienes vengan, vendrán porque Dios les ha enviado. Vendrán jóvenes diversos y plurales, pero jóvenes deseosos de dar la vida por el proyecto de Calasanz. Cada uno tendrá sus dones y sus debilidades. Pero si vienen a nosotros, deberemos ofrecerles un camino de crecimiento integral, de propio conocimiento, de transparencia formativa, de creciente pertenencia y de acompañamiento escolapio para que, con el favor de Dios, puedan ser los escolapios que nuestros niños y jóvenes esperan y necesitan.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch. P.

Padre General

Constituir, ampliar y propagar: Salutatio Patris Generalis Oct20

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Estos son los tres verbos que utiliza Calasanz en el Memorial al Cardenal Tonti para expresar su absoluta convicción de que era necesario que las Escuelas Pías fueran configuradas como una Orden de votos solemnes. Son tres verbos precisos, claros y significativos. Creo que nos vienen bien para explicar el contenido del primero de los núcleos temáticos de nuestro próximo Capítulo General, que celebraremos, si Dios quiere, el próximo mes de julio: la “construcción de las Escuelas Pías”.

Dice Calasanz: “Demostrada, pues, la utilidad y necesidad de esta obra, que comprende todas las personas y condiciones y lugares, toda la instrucción básica y todos los medios para vivir, se deduce con rigurosa consecuencia la necesidad de constituirla establemente como Orden religiosa, a fin de que en ningún momento desaparezca (…) Se deduce asimismo la necesidad de ampliarla y propagarla según las necesidades, deseos e instancias de tantos[1]”.

Calasanz configuró establemente la Orden y le dio los primeros impulsos para que creciera progresivamente, al servicio del ministerio educativo. En el momento de la reducción ordenada por el Papa Inocencio X la Orden tenía 500 religiosos, 5 provincias y 37 casas, de las que la mayor parte eran escuelas. Fue un extraordinario proceso de construcción de Escuelas Pías. Después de la decisión papal, los escolapios continuaron adelante, luchando por la restauración de la Orden. Sin duda que las claves de dicha restauración están contenidas en el mensaje del fundador que todos conocemos: “sigan trabajando por los niños, confíen en Dios, manténganse unidos y no pierdan la alegría[2]

Por nuestra fe, creemos que el amor de Dios, la protección de María y la intercesión de Calasanz son las causas profundas de la restauración de la Orden. Sin duda, hubo también algunos factores que ayudaron en este proceso. Nuestros historiadores destacan, entre otros, los siguientes: las presiones de las autoridades civiles, que estaban convencidas de la necesidad de las Escuelas Pías en sus Estados, incluyendo la respuesta educativa católica a la Europa protestante; la lucha y el esfuerzo de los escolapios, que no se rindieron ni se retiraron, sino que siguieron adelante como les había pedido el fundador; la oración permanente de los escolapios por su propia Orden; las adecuadas y progresivas gestiones eclesiásticas, que provocaron un clima favorable a las Escuelas Pías; la clarificación de la situación interna, con el abandono de los que debían abandonar y la entrada y perseverancia de quienes de verdad querían vivir el carisma del fundador, etc.

Pero la tarea continúa. Y continuará. Los escolapios seguimos construyendo las Escuelas Pías, con el favor de Dios y con esfuerzo diario, con tesonera paciencia y afortunado atrevimiento. Las claves de este trabajo siguen siendo las mismas: el deseo de responder a la llamada del Señor, la figura y el carisma de Calasanz, la necesidad de la educación para todos, la convicción de que las Escuelas Pías son un instrumento del Reino, etc. La lista de razones sería interminable.

En cada momento histórico aparecen tonalidades nuevas desde las que nuestro esfuerzo por unas Escuelas Pías mejores asume nuevos desafíos. Nuestro próximo Capítulo General está llamado a dar nombre a esas nuevas tonalidades, a esas llamadas que recibimos y a las que debemos responder. Yo no pretendo, en esta Salutatio, referirme a todas, porque no sería capaz de hacerlo. Simplemente quiero compartir con vosotros algunos de esos “toques” (aprendí esa palabra de uno de nuestros prenovicios de Quito) con los que la realidad nos va moviendo. Vamos allá.

A lo largo del sexenio han ido apareciendo aspectos importantes del proceso de la Orden, y que han sido objeto de trabajo en encuentros, reuniones, etc. Entre ellos, los desafíos de la interculturalidad y la inculturación; la consolidación progresiva de las nuevas Provincias; la expansión en algunos países nuevos y en los que ya estamos, con nuevas obras y presencias; el desarrollo y crecimiento de la pastoral vocacional; el dinamismo de la participación de los laicos; la llamada eclesial a la sinodalidad y que en nuestra Orden hemos acogido sobre todo desde los procesos con los jóvenes; la sostenibilidad integral de nuestras presencias, etc.

Creo que todos estos procesos son dinamismos que nos exigen y nos impulsan como Orden, y que ofrecen pistas para comprender cómo las Escuelas Pías siguen consolidándose, ampliándose y propagándose según deseos e instancias de tantos. Me gustaría compartir con vosotros cuatro dinamismos que considero fundamentales.

El primero lo he llamado “llevar adelante un proyecto de impulso de la Orden”. Pongo un ejemplo sencillo para explicar lo que quiero decir. No hace mucho recibí una carta circular  de uno de los superiores mayores de la Orden en la que, hablando de su Provincia y de sus respuestas ante la pandemia del COVID-19, decía lo siguiente: “Es muy grato y esperanzador constatar que ha sido la apuesta por las grandes claves de vida de la Orden y la Provincia, las que nos han dado los recursos y las herramientas para hacer frente al momento, quizás, más incierto que nos ha tocado vivir”.

Comparto con todos vosotros una convicción importante: trabajar con un proyecto claro, llevar adelante nuestra vida y misión desde unas opciones asumidas por todos y portadoras de vida (las llamamos “claves de vida”) es algo absolutamente necesario para poder “consolidar, ampliar y propagar las Escuelas Pías”. De las cosas que yo más valoro del Capítulo General celebrado en Hungría es que la Orden se dotó de un proyecto claro, que marcaba dirección y que era asumido por el conjunto de las Escuelas Pías.

En muchas oportunidades he podido compartir con vosotros esta reflexión: la vida de la Orden dependerá, en primer lugar, del amor de Dios; en segundo lugar, de la autenticidad de nuestra vivencia escolapia y, en tercer lugar, de que acertemos con las decisiones y opciones. Pues bien, el “proyecto de impulso de las Escuelas Pías” se inscribe en esta tercera clave: dotarnos de un plan claro desde el que caminar. Tal vez nuestro próximo Capítulo General no necesite hacer otro proyecto completo, pero sí, seguro, marcar la dirección desde la que caminar en cada una de las claves de vida que tenemos asumidas.

El segundo dinamismo lo he llamado “entender el desafío de nuestra realidad escolapia”. Ciertamente que hay muchas llamadas que recibimos de la diversa y plural realidad social en la que vivimos. No me refiero ahora a esas llamadas, sino a las que provienen del “cuerpo escolapio”, de nuestra propia realidad, y que necesitan ser comprendidas, interpretadas e integradas en el proyecto de la Orden.

Pongo algunos ejemplos: la composición creciente e imparablemente intercultural de nuestras demarcaciones; el proceso claramente diverso de nuestras cuatro circunscripciones y que nos exige pensar qué puede aportar cada una al desarrollo escolapio de las otras; el creciente número de jóvenes que llaman a nuestra casa para ser escolapios y que necesitan procesos formativos exigentes y completos; el proceso que estamos impulsando desde la clave de “Escuelas Pías en Salida”; el desarrollo formidable del Movimiento Calasanz; el dinamismo de de la Fraternidad; la llamada incesante a la autenticidad vocacional en todas sus dimensiones, etc. La Orden palpita, y sus palpitaciones indican vida, dirección, opciones. Es muy importante “auscultarla” y responder a lo que emerge en su seno como dones del Espíritu.

Formulo algunas preguntas pensando sólo en uno de los aspectos, el del desarrollo de la Orden en cada continente:

  1. ¿Cómo avanzar hacia un crecimiento sostenible en las circunscripciones de África y de Asia? Y no me refiero solamente a los aspectos económicos o de recursos materiales, sino al concepto de sostenibilidad integral (personas, equipos, proyectos, recursos, identidad, procesos, etc.).
  2. ¿Cómo asegurar en las emergentes presencias escolapias de la Orden las referencias carismáticas que necesitan para crecer bien, desde una identidad calasancia clara y certera?
  3. ¿Cómo podemos intentar una reactivación de la capacidad de crecimiento de nuestras Provincias americanas, la mayor parte bien consolidadas y con muchas posibilidades de ofrecer a la Orden lo que tradicionalmente ha sido ofrecido por las demarcaciones europeas? Es probable que aquí esté una de las claves del futuro de las Escuelas Pías, en los próximos años.
  4. ¿Cómo hacer sostenibles nuestras presencias europeas, sobre todo en el contexto occidental, ante una -por el momento- irreversible reducción numérica de religiosos? ¿Cómo avanzar hacia un renovado y fértil sujeto escolapio que permita no sólo mantener lo que hacemos sino seguir creciendo? ¿Cómo trabajar para seguir teniendo vocaciones religiosas en un contexto como el europeo, aunque sea en números humildes?

Hay un tercer dinamismo al que me quiero referir, y que lo llamo “escuchar el sentir de la Iglesia”. Escuchar a la Iglesia, como hijos, y responder a sus llamadas, como apóstoles. Este es el desafío. No necesitamos “antenas muy especializadas” para detectar las llamadas que la Iglesia nos dirige. Son muy claras. Citemos algunas en dinámica de “respuesta escolapia”.

  1. La sinodalidad, expresión certera y trasformadora de la llamada a la corresponsabilidad, a la participación, a la vinculación de todos en el proyecto escolapio.
  2. Las “Escuelas Pías en Salida”, como camino de crecimiento en disponibilidad misionera y en fraternidad intercultural.
  3. La apuesta por los jóvenes y sus procesos de fe y de discernimiento vocacional. El Papa Francisco marca claramente el camino: La pastoral juvenil sólo puede ser sinodal, es decir, conformando un “caminar juntos” que implica una «valorización de los carismas que el Espíritu concede según la vocación y el rol de cada uno de los miembros de la Iglesia, mediante un dinamismo de corresponsabilidad[3]”.
  4. La lucha contra todo tipo de abuso (sexual, de conciencia o de poder), ligados a las actitudes clericalistas.
  5. El impulso misionero, de anuncio explícito del mensaje de Cristo, desde todas nuestras plataformas escolapias, acompañando procesos de educación integral desde la fe.
  6. La acogida del migrante, la atención escolapia a los pobres, la apuesta por una educación capaz de transformar la persona y la sociedad.
  7. La llamada a la reconstrucción del Pacto Educativo Global, que nos interpela directamente como escolapios.

No hay duda de que estas y otras llamadas serán objeto de nuestro trabajo capitular. No podremos abordar todas, porque sería imposible hacerlo con la adecuada profundidad, pero lo que sí tendremos que hacer es “escuchar a la Iglesia” y responder como escolapios.

Y el cuarto dinamismo que no puede faltar lo nombro así: “responder a los desafíos reales de los niños y los jóvenes”. Calasanz configuró sus Escuelas Pías como respuesta a la realidad de los niños, a su necesidad de instrucción para salir de la pobreza y marginalidad; al reto de proponerles un futuro no ligado a su cuna, sino al trabajo y al esfuerzo por crecer; al desafío de ayudarles a vivir desde una vida abierta a la fe y sostenida por ella. No fundó las Escuelas Pías desde una mentalidad de “suplencia”, haciendo algo que nadie hacía hasta que alguien -por ejemplo, el estado- lo hiciera. No. Calasanz dio una respuesta integral a un desafío integral. Y hoy sigue siendo necesario responder de la misma manera.

Por eso, si queremos responder a lo que los niños y jóvenes necesitan, tenemos que seguir defendiendo nuestro proyecto, y haciéndolo crecer, también frente a mentalidades y políticas que pretenden que ya no es necesario o que buscan el modo desvirtuarlo o controlarlo; debemos fortalecerlo, desde las claves y características propias de la educación escolapia; debemos enriquecerlo desde desafíos que son más actuales que nunca.

Entre estos desafíos: el derecho a la educación para todos; una educación portadora de respuestas al afán de sentido de la vida que los jóvenes se plantean; una educación integral que acompañe el proceso de fe de nuestros jóvenes; una apuesta por la calidad sobre todo en donde hay menos medios y más necesidades; unos educadores que realmente sientan vocación por educar, etc.

Pienso que estos cuatro dinamismos deberán estar muy presentes en nuestras reflexiones capitulares, y durante el próximo sexenio. Son opciones de “construcción de Escuelas Pías” que debemos tener muy en cuenta para dar respuestas certeras a los retos que tenemos planteados.

Pidamos a Dios, nuestro Padre, que nos ayude e inspire en este proceso. Recibid un abrazo fraterno. 

P. Pedro Aguado Sch.

P. Padre General  

[1] San José de Calasanz. “Memorial al Cardenal Tonti” Opera Omnia, tomo IX, página 305.

[2] San José de Calasanz: Carta 4342 del 17 de marzo de 1647. Opera Omnia, tomo VIII, página 273.

[3] Papa Francisco. Exhortación apostólica postsinodal “Christus vivit” nº 206, de 2019.