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La presencia escolapia de Cuba se incorpora a la Provincia de USA-PR

La Congregación General ha tomado la decisión de que nuestra presencia escolapia de Cuba (comunidades y obras) pase a depender de la Provincia de Estados Unidos y Puerto Rico, dejando por lo tanto de pertenecer a la Provincia de Centroamérica y Caribe. Nuestra comunidad religiosa cubana está en Guanabacoa, y desde ella se lleva la misión que desarrollamos en el país: la parroquia de San Judas y San Nicolás de Bari en La Habana, el templo del Sagrado Corazón de María y el Centro Socioeducativo de Guanabacoa. Deseamos todo lo mejor para nuestros hermanos destinados en Cuba, y que esta nueva etapa sea para gloria de Dios y utilidad del prójimo.

La sinodalidad básica / Satutatio Patris Generalis

La sinodalidad básica

Como todos sabéis, el Papa Francisco ha puesto en marcha un formidable proceso de discernimiento eclesial sobre la sinodalidad. Durante dos años, toda la Iglesia va a trabajar sobre este apasionante desafío de busca una “Iglesia sinodal, desde la comunión, la participación y la misión”.[1]

No hay duda de que éste es el contexto desde el que vamos a vivir, trabajar y acoger nuestro 48º Capítulo General, previsto para el próximo mes de enero. La sinodalidad será, también, uno de los temas específicos que trabajaremos en las reuniones capitulares.

En esa carta fraterna quiero compartir con vosotros algunas reflexiones en torno a lo que a mí me gusta llamar la “sinodalidad básica”, es decir, la vida de la pequeña comunidad escolapia en la que cada uno vivimos nuestra vocación. Creo que no podremos avanzar de modo creíble en la propuesta de la sinodalidad si no cuidamos de modo especial el pequeño “sínodo cotidiano” que vivimos en nuestras comunidades, a través de nuestra vida compartida, nuestras reuniones, nuestra oración, nuestro testimonio diario. Sigo creyendo que esta sinodalidad básica es condición para la posibilidad de la otra, la sinodalidad escolapia y eclesial.

Evidentemente, nuestra vida comunitaria tiene muchas dimensiones y claves muy diversas, que la convierten en el espacio integral desde el que cada uno de nosotros vivimos nuestra vocación, nuestro seguimiento del Señor. No voy a escribir sobre todo ello, sino que voy a centrarme especialmente en uno de los aspectos más importantes que, a mi juicio, debemos tratar de recuperar en nuestra Orden, y no es otro que el tema de la reunión de comunidad.

He utilizado conscientemente el verbo “recuperar”, y lo hago porque creo que tenemos que reconocer que en algunos lugares nuestras comunidades no se reúnen o lo hacen de una manera muy esporádica, sin ritmo ni planes, convirtiendo así la reunión en un hecho tendente a la irrelevancia. Pienso que tenemos que dar un giro fuerte a todo esto, apostando claramente por la reunión semanal de la comunidad religiosa, consistente y preparada.

Vamos a acercarnos a esta propuesta desde diversos puntos de vista. En primer lugar, me gustaría invitaros a repasar lo que nuestras Constituciones dicen de la reunión de comunidad. Es un asunto que se aborda, como sabéis, en los números 32, 134, 165 y 167. Es muy interesante hacernos conscientes de los dinamismos que nuestras Constituciones asocian a la “reunión de familia”. Son estos:

  1. El desarrollo de la acción común y de la responsabilidad compartida. Y para que esto funcione, deben ser preparadas con el esfuerzo y cooperación de todos (C134).
  2. El lugar de la reflexión de las cuestiones verdaderamente importantes (C165).
  3. El contexto en el que revisamos y proponemos mejoras para nuestra vida espiritual, calasancia y apostólica (C167).
  4. La construcción de auténtica comunidad (C32).

Siempre me han llamado la atención estos objetivos que nuestras Constituciones asocian a la reunión de comunidad. Ni más ni menos que estos: construir comunidades auténticas; el discernimiento de las grandes cuestiones; el desarrollo de la corresponsabilidad y de la acción común; nuestra capacidad de revisar lo que vivimos y de mejorarlo. Dicho de otro modo, no es posible una vida comunitaria escolapia digna de este nombre sin la reunión de comunidad adecuadamente preparada y sistemáticamente celebrada.

Preguntémonos, pensando en nuestra comunidad concreta, ¿cómo resuena todo esto en nuestra vida cotidiana escolapia?

Avanzando un poco más, me gustaría compartir con vosotros que, después de estos años de servicio a la Orden, he llegado a una cierta claridad sobre cuáles son los aspectos más importantes que debemos cuidar en todo lo relativo a nuestra vida de comunidad. Reduciéndolos al máximo y siendo consciente del riesgo de la simplificación -espero que me lo permitáis-, creo que son tres: la centralidad de Cristo en nuestra vida; el cuidado del proceso vocacional de los hermanos y el impulso de nuestra misión.

En torno a estos tres grandes aspectos, que se relacionan directamente con la consagración, la comunión y la misión, podemos y debemos situar todos los objetivos y todas las opciones que queramos llevar adelante para mejorar nuestra vida comunitaria. Y, por lo mismo, estos serían los tres grandes núcleos que debieran inspirar todas nuestras reuniones de comunidad, que debieran colocarse en “la mesa compartida” de nuestras casas, en nuestros encuentros fraternos. Nuestras comunidades no se reúnen “para tratar temas más o menos interesantes”, sino para cuidar la centralidad del Señor en nuestra vida, para acompañar el proceso vocacional de los hermanos y para llevar adelante la misión encomendada.

La imagen de la “mesa compartida”, de honda raigambre neotestamentaria, nos puede ayudar a profundizar en estos temas. En nuestras casas tenemos la “mesa de la Eucaristía”, la “mesa de la Palabra”, la “mesa del encuentro compartido”, etc. Todas ellas son expresiones de esta sinodalidad, y todas ellas sirven a las tres grandes opciones a las que me he referido más arriba. Todas ellas son imprescindibles en nuestra vida común, y todas ellas deben ser cuidadas con esmero y corresponsabilidad.

Voy a tratar de sugerir algunas pistas desde las que podemos avanzar en este cuidado de la “mesa compartida”, refiriéndome especialmente a los aspectos que considero que debemos revisar.  

La celebración diaria de la Eucaristía comunitaria es central en nuestra vida escolapia. Sin ella, la comunidad pierde su centro. Es cierto que en bastantes comunidades es difícil que todos los religiosos estén presentes en la Eucaristía común, porque hay muchos otros compromisos celebrativos (parroquia, capellanías, iglesias, el colegio, la pastoral). Pero cuando esto ocurre, sería importante que al menos una vez a la semana toda la comunidad se reúna en torno a la mesa eucarística para compartir y celebrar el centro de la comunidad. No debiera haber ninguna comunidad que no hiciera este esfuerzo, y con una celebración especialmente cuidada.

La Palabra compartida desde una lectio divina comunitaria, como escuela de meditación y discernimiento desde la Palabra de Dios. Son pocas las comunidades que lo hacen, y aunque en bastantes casas de formación se lleva adelante esta dinámica, luego se pierde y se olvida. No es necesario que sea semanal, pero es necesario que sea.

El discernimiento comunitario sobre las cuestiones realmente importantes que nos afectan y que necesitan nuestra respuesta. Muchas veces hemos hablado de la necesidad que tenemos de aprender a discernir, a tomar decisiones desde un adecuado y cuidado discernimiento evangélico y calasancio. Podemos aprender poco a poco, podemos acercarnos hacia comunidades más abiertas y cuidadosas de su capacidad de discernimiento compartido, pero sólo si aceptamos que necesitamos aprender a hacerlo.

La puesta en común de vida, desde la que compartimos la propia historia, o alguna experiencia reciente, o nuestro trabajo y descubrimientos, o la revisión de la propia vida de la comunidad o de las responsabilidades de cada uno, etc. Hay muchas y diversas maneras desde las que se puede potenciar la “vida compartida”. Es cuestión de valorarlo. Este es uno de los aspectos más queridos por los jóvenes en formación y que más echan de menos cuando se incorporan a la vida de las comunidades de misión.

La formación, tan necesaria entre nosotros, y que nos ayuda a estar siempre “atentos” a la realidad y sus desafíos. No es posible una vida comunitaria en la que no reflexionemos, de modo compartido, sobre temas propios de la Orden, de la vida de la Iglesia, de la educación, de la pastoral, de la cultura, de la sociedad, etc. Recuperar -vuelvo a usar el mismo verbo- la comunidad como espacio formativo es muy importante para nosotros.

El acompañamiento de la misión. En la mayor parte de nuestras presencias las comunidades escolapias están asociadas a una misión. Es bueno que cuidemos la reflexión comunitaria sobre la misión a la que estamos entregados. Será un discernimiento cada vez más en clave de misión compartida y en clave de presencia escolapia, pero igualmente necesario para todos.

La colaboración en la presencia escolapia de la que formamos parte. Es una de las claves que poco a poco se va abriendo paso entre nosotros y que ofrece muchas vías de enriquecimiento para la comunidad, porque se basa en la relación, en la apertura, en la acogida, en la descentralización y en la búsqueda del impulso global de lo escolapio. Y esto es muy necesario para nuestras comunidades, para el desarrollo de la sinodalidad. 

La fiesta y la alegría compartida. Eso es también sinodalidad. La celebración, el tiempo libre compartido, la acción de gracias por los hermanos, la acogida del que viene y la despedida del que parte a un nuevo destino, la celebración de las grandes referencias de la Orden, etc., todo ello también construye comunidad.

La conexión de la comunidad con la vida de la Provincia y de la Orden, a través de temas, encuentros, propuestas, documentos compartidos, búsquedas comunes, tareas encomendadas, etc. Necesitamos conectar la vida de las comunidades y la vida de la demarcación.

La elaboración y el desarrollo del proyecto comunitario, siempre en conexión con el proyecto de la presencia y con el proyecto de la Provincia, y desde la inspiración desde las “claves de vida de la Orden”. Este es el marco básico (no el único) desde el que vivimos y trabajamos desde proyectos, como venimos proclamando estos años en la mayor parte de nuestras reuniones. 

Estas y otras dinámicas pueden inspirar y enriquecer el encuentro comunitario entre nosotros. No son todas, ni he pretendido una enumeración exhaustiva. Sólo he querido sugerir aspectos en los que creo que debemos detener nuestra atención, con el fin de que podamos dar nueva vida a nuestras comunidades religiosas escolapias.

Permitidme terminar haciendo una propuesta bien concreta: que todas nuestras comunidades se reúnan semanalmente en una “mesa compartida” desde la que puedan desarrollar buena parte de estos dinamismos propios de nuestra vida consagrada y que tanto nos ayudarían en los tres grandes desafíos que nos proponemos en cada una de nuestras casas: vivir desde la centralidad del Señor, acompañar el desarrollo de la vocación de cada uno e impulsar nuestra misión.

La recuperación del encuentro comunitario semanal será un buen paso en la línea propuesta por el Papa Francisco de caminar en dinámica sinodal, cuidando la comunión, la participación y la misión compartida. A ello quedamos invitados. 

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

[1] Mario, cardenal GRECH, Secretario General del Sínodo de los Obispos. Presentación de la XVI Asamblea General del Sínodo de los Obispos: “Por una Iglesia Sinodal: comunión, participación y misión”. Vaticano, 21 de mayo de 2021.

Salutatio Patris Generalis: Crecer “como Dios manda”

Escribo esta carta fraterna en pleno proceso de reflexión sobre los grandes núcleos que serán trabajados en nuestro próximo Capítulo General, y poco después de haber participado en la asamblea de la Fraternidad General Escolapia, que se celebró en modalidad online a causa de la situación de pandemia que vivimos. En ambos contextos estamos hablando del proceso de crecimiento que vivimos, y nos alegra saber que en diversos contextos de las Escuelas Pías se van incorporando cada vez más jóvenes que quieren ser religiosos, o que la Orden se va extendiendo poco a poco en nuevos contextos y en nuevas misiones. Nos alegra profundamente porque nuestra misión es servir, y todo lo que hagamos y vivíamos siempre será menor que las necesidades y desafíos que tenemos. Nos alegra ir creciendo poco a poco.

Pero me preocupa que caigamos en la tentación de entender el crecimiento sólo como una cuestión cuantitativa, de ser un mayor número de personas o de estar en nuevos lugares. Por eso, me gustaría invitaros a pensar en otros criterios que nos puedan ayudar a valorar nuestro crecimiento-o a desafiarlo- además del puramente cuantitativo, siendo éste importante, como es lógico.

Me inspiro en el texto del evangelio de Lucas en el que se dice que Jesús, niño, iba creciendo. Se dice de este niño que crecía “en madurez, sabiduría y gracia delante de Dios y de las personas[1]”. Quiero apoyarme en este texto para reflexionar, con vosotros, en lo que significa “crecer como Dios manda”. ¿Qué significa para las Escuelas Pías crecer en madurez, sabiduría y gracia delante de Dios y de las personas? Unas sencillas reflexiones sobre cada una de ellas.

MADUREZ

¿Qué significa “crecer en madurez”? No hay duda de que hay muchos modos de acercarnos a este desafío. Yo he elegido sólo cuatro aspectos, siempre pensando en nuestra realidad. Creo que los cuatro nos ayudarían mucho a crecer en la madurez que Calasanz quiso para nuestra Orden.

Claridad en su identidad y proyecto. Es un primer punto, y es esencial. Un grupo, una comunidad, una Orden religiosa podrá crecer si tiene claro lo que es y lo que está llamado a ser. Todo lo que hagamos por profundizar en nuestra identidad, por conocer más y mejor la propuesta del fundador y su actualización, por vivir con más calidad nuestro carisma, por fortalecer todos los dinamismos de vida que hemos ido consolidando a lo largo de nuestra larga historia, todo eso nos va a ayudar.

Tenemos muchos jóvenes en formación que tienen derecho a vivir una clara identidad, y esto no es sólo cuestión de tiempo. Es una opción que necesita ser trabajada. Tenemos presencias muy jóvenes, que necesitan referencias claras y escolapias para crecer. Tenemos demarcaciones muy consolidadas que deben abrir un proceso de “mayor aportación identitaria” al conjunto de las Escuelas Pías. Tenemos un tesoro calasancio que profundizar, promover, publicar y ofrecer. Hay mucho trabajo por hacer. En esta línea, la Congregación General acaba de crear un nuevo departamento de la Curia General sobre la “identidad y el carisma calasancio”.

Sostenibilidad. Es uno de los retos de los que más estamos hablando. El concepto de “sostenibilidad integral” se está abriendo paso entre nosotros, poco a poco, y nos está haciendo pensar. Hay dinamismos sociales que no dependen de nosotros y que nos complican y debilitan (opciones políticas, crisis económicas, pandemia, etc.). Pero hay otros que sí dependen de nosotros y que los tenemos que afrontar: trabajar desde proyectos; equipos de liderazgo; incrementar nuestra colaboración interna; proceso de participación; impulso de las “claves de vida”; crecer en nuestra capacidad de obtener recursos externos; trabajar en red y tejer redes; convocar; formar a los jóvenes desde esta mentalidad; impulso de la Fraternidad, etc.

Capacidad de engendrar. Es propio de la madurez la capacidad de engendrar vida. Así ha sido siempre en la Orden. La madurez de las Provincias es lo que les ha hecho capaces no sólo de sostener e incrementar sus propias realidades, sino de abrir nuevas presencias en diversos lugares del mundo. Gracias a esta mentalidad nuestra Orden está hoy con nuevas posibilidades de vida y de misión. Nuestros jóvenes entienden muy bien esto. Saben que no han venido a la Orden solo para sostener lo que tenemos. Lo aman y lo admiran. Nuestra realidad es el fruto del trabajo y del coraje de nuestros mayores, y se sienten agradecidos por ello y comprometidos en su desarrollo. Pero se sienten llamados a dar nuevas respuestas. Eso es muy bueno, es un don que debemos saber acompañar.

Dinamismos de vida. Nuestro anterior Capítulo General hizo una gran aportación al conjunto de las Escuelas Pías al aprobar las nueve “Claves de Vida” que han marcado el camino del sexenio que termina. No están agotadas, ni mucho menos. Deberemos seguir trabajando en ellas, buscando nuevas pistas de avance. Es claro que van a ir apareciendo algunas, que serán trabajados por el Capítulo. Entre ellas, los procesos propios de la sinodalidad, las esperanzas de los jóvenes, la renovación de la “cultura de Orden”, etc. Vivimos un tiempo muy rico. Hemos de cuidar que los problemas y las dificultades no oculten las llamadas que recibimos y que necesitamos atender. No está en nuestras manos “garantizar la madurez”, pero lo que sí está en nuestras manos es “poner las condiciones para que la madurez sea posible”. Y este es el desafío de nuestras “claves de vida”.

SABIDURÍA

¿Qué significa crecer en sabiduría? Es muy bueno “dar nombres concretos” al desafío de “crecer en sabiduría”. Estoy seguro de que todos vosotros podríais aportar maneras muy ricas y plurales de acercarnos a este reto. Me gustaría aportar cuatro posibilidades.

Formación abierta. La formación sigue siendo nuclear. No sólo la Inicial, sino la de toda la vida. Sólo una formación clara y abierta a la realidad en la que vivimos, que nos capacite para entenderla y para superarla transformándola, sólo esa formación nos hará capaces de “crecer en sabiduría”. Hay mucha tarea pendiente: mejorar la formación de nuestros jóvenes en Filosofía, Teología, Pedagogía y, en general, en estudios civiles; cuidar y usar las bibliotecas; leer; publicar; ofrecer estudios de especialización; fomentar la formación al interior de las comunidades; idiomas; participación en la vida eclesial y social; creación de aportación educativa, etc.

Lectura de la realidad. No hay duda de que nuestro fundador fue un maestro en esta dimensión de la sabiduría: saber leer la realidad en la que vivía dejándose interpelar por ella y buscando el modo de transformarla. Sólo desde estas dinámicas podremos, como escolapios, continuar siendo útiles al mundo que nos toca vivir. Las visiones parciales, cortoplacistas o desencarnadas, no son dignas de los hijos de Calasanz. Será bueno profundizar en todo esto. Y una buena manera de hacerlo es buscando que nuestras comunidades sean, en verdad, espacios de escucha de la realidad. Dios también habla a través de las luchas y aspiraciones de las personas, de las mujeres y hombres de nuestro tiempo.

Escucha del Espíritu y discernimiento evangélico. Aquí radica una de las dimensiones centrales de la sabiduría en la que estamos llamados a crecer: aprender a discernir abiertos al Espíritu Santo. El discernimiento está muy lejos de las luchas ideológicas o de la defensa de nuestras propias posturas. Igualmente, está muy lejos de la simplificación de las decisiones a través simplemente de mecanismos de mayorías, Si nuestro Señor hubiera sometido a la votación de la comunidad -sin un discernimiento sereno y sosegado- la decisión de “subir a Jerusalén para enfrentarse con ella[2]”, probablemente el resultado hubiera sido negativo. Será bueno dar alguna vuelta a este precioso y apasionante desafío.

Impulsar una “cultura de Orden” que nos ayude a estar en dinámica de cambio y conversión. La “cultura de una Orden religiosa” está constituida por aquellos dinamismo y modos de actuar que con el tiempo se consolidan y que se convierten en estables. Pero si no introducimos en ellos la capacidad de transformarlos, si no tomamos decisiones que permitan incrementar nuestra capacidad de cambio y de evolución, tenemos el riesgo de caer en el “siempre se ha hecho así”. Y eso no es sabio. No podemos convertir nuestra “cultura” en el “siempre se ha hecho así”.

GRACIA

La gracia es un don de Dios. Pero también es el fruto de un estilo de vida. Desde la combinación de ambas dimensiones podemos plantearnos la pregunta de “qué significa crecer en Gracia”.

Vivencia de la fe y de la centralidad del Señor. No hay duda de que la vivencia de la centralidad del Señor Jesús en nuestra vida es lo que nos va a ayudar a crecer en esa preciosa dimensión de la vida de todo cristiano que es “transparentar la presencia de Dios”. Necesitamos recuperar la convicción de que estamos llamados a ser santos. Debemos perder el miedo a decirlo y a compartirlo: lo que hacemos y lo que vivimos lo hacemos y lo vivimos la gloria de Dios y la utilidad del prójimo. Pero a veces nos hemos quedado sólo con la primera o con la segunda parte del lema de Calasanz, que es una unidad. También sobre este asunto será bueno que pensemos un poco.

Capacidad de aportar Camino. Somos seguidores de Aquél que dijo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Esta afirmación del Señor debe inspirar nuestro servicio a los niños y jóvenes: estanos aquí para ofrecerles caminos que les acerquen a Cristo y que les lleven a Él. Y sólo lo haremos si nosotros los recorremos con ellos.

Capacidad de aportar Verdad. La Verdad de la que somos portadores no es de este mundo, ni es muy comprendida ni valorada por él. Pero somos sus cooperadores. Y esto pasa por muchos dinamismos, desde el desafío personal de “vivir en verdad”, sin falsedades -tengo que reconocer con dolor que no siempre es así en todos los hermanos, y que hay a veces “trastiendas” que nos hacen opacos- hasta el grande y definitivo de ofrecer siempre la Verdad del Evangelio, la propuesta cristiana, sin rebajarla o adaptarla a las corrientes culturales o dominantes del momento. Y no son fáciles ni una ni otra, la una porque somos pecadores, y la otra porque la tentación del “aplauso” es siempre muy atractiva.

Capacidad de aportar Vida. ¿Qué otra cosa es la educación sino una oferta de vida? ¿Qué es lo que da plena identidad y sentido a nuestra misión? Lo diré de modo sintético y claro: las preguntas y las búsquedas más profundas de los jóvenes sólo se pueden responder desde Aquél que es la respuesta. Nosotros no estamos aquí sólo para “preparar a los jóvenes para encontrar su lugar en el mundo”, sino para capacitarles para transformarlo y para inspirarles en la superación de sus límites, ayudándoles a desear la plenitud de la vida eterna. A veces nos quedamos en propuestas de corto recorrido que no son malas, pero son profundamente incompletas.

DELANTE DE DIOS Y DE LAS PERSONAS

Las Escuelas Pías caminan en la historia “delante de Dios y de las personas”. Acrecentar esta conciencia nos puede ayudar a integrar algunas opciones que están llamando a nuestras puertas. Simplemente cito algunos ejemplos: asumir que debemos “dar cuentas” (accountability) del testimonio que ofrecemos y de la calidad con la que trabajamos; dejarnos interpelar por la comunidad cristiana, por las familias, por los jóvenes, por el mundo educativo, etc.; vivir desde una sincera capacidad de autocrítica las decisiones que tomamos y el camino que recorremos, etc. Vivimos en el mundo, somos una institución eclesial, tenemos una propuesta educativa, las personas tienen el derecho a creer lo que decimos viendo lo que vivimos. Esto también es crecer.

Por todo esto debemos hacer un Capítulo General que nos ayude en el proceso de “crecer como Dios manda”, y que pueda ofrecer a la Orden una palabra sobre la centralidad del Señor en nuestra vida, sobre el escolapio que necesitamos, sobre los retos que tenemos para ir haciendo unas Escuelas Pías mejores y sobre la misión -insustituible- que tenemos. Estos son los grandes núcleos de nuestro Capítulo.

Recibid un abrazo fraterno.

P. Pedro Aguado Sch.P.

Padre General

Gracias, envío y Escuelas Pías. IV y último día de la II Asamblea de la Fraternidad General

El P. Pedro Aguado toma la palabra al inicio de la última sesión de trabajo de la II Asamblea para comunicar la persona que ha designado para completar la formación del Consejo General: será el religioso P. Emmanuel Suárez, de la Fraternidad de México. Una persona con gran visión de Orden, conocimiento de la realidad y de la Fraternidad, sensibilidad para afrontar este servicio y aportar novedad. Así que con un aplauso de los asistentes y gran alegría se ha acogido su incorporación. De esta manera queda completado el Consejo General, haciendo visible y real este sujeto compartido de religiosos y laicos.

Es inmenso el agradecimiento al Padre Javier Aguirregabiria por todo lo aportado en este sexenio, por el impulso de la Fraternidad sin descanso y la disponibilidad del P. Emmanuel, que acoge el nombramiento con gratitud y humildad por la confianza depositada en él.

La primera parte de la sesión de hoy ha sido nuevamente de trabajo en grupos, para tratar de hacer propuestas concretas que ayuden al nuevo Consejo General en la definición de las líneas estratégicas para la Fraternidad en el nuevo sexenio. Rico, como siempre, el diálogo y el compartir.

Las experiencias significativas compartidas hoy nos han acercado a Hungría, Chile y a Betania.

En la segunda sesión, el Consejo General ha dirigido unas palabras a los asistentes con mucha cercanía. Es difícil recoger en estas líneas todo lo que ha dicho, pero os ofrecemos algunas pinceladas: han manifestado su alegría por el encuentro de estos días, por el sueño de Calasanz compartido entre tantos religiosos y laicos. Estamos viviendo un momento de esperanza e ilusión al ver crecer la fraternidad, es necesario que cuidemos de esta preciosa criatura, para que siga creciendo sana y fuerte. El Consejo asume con gran disponibilidad el compromiso de acompañar a las fraternidades existentes y a todas aquellas que el Espíritu quiera que nazcan. Con la experiencia de esta asamblea online el reto de estar más cerca está a nuestro alcance y lo tenemos que aprovechar. Han sido días de mucho gozo, esperanza y agradecimiento a Dios.

Tras estas palabras se ha abierto un diálogo abierto, siendo generalizado el sentimiento de gratitud y alegría por los días compartidos en esta asamblea.

El P. Pedro Aguado ha cerrado este momento de diálogo con tres palabras claves: GRACIAS, ENVÍO Y ESCUELAS PÍAS. Ha insistido en que lo que hemos hecho estos días es poner nuestro granito de arena en la construcción del Reino de Dios. Hemos de tener claro que no hay más que un centro y este es Jesús, que tenemos un padre, al que hemos de conocer y amar, que es Calasanz, que tenemos una vocación que hay que cuidar, un anhelo que es el servicio a tantos niños y jóvenes. Un gran desafío encarnar todo esto. En palabras de Calasanz: “sigan trabajando por los niños, confíen en Dios, manténganse unidos y no pierdan la alegría”.

Y como no podía ser de otro modo terminamos de cara a quién nos convoca con una oración animada por la Fraternidad de Polonia.

Podéis ver muchos materiales, experiencias trabajados estos días en la web: http://www.escolapios21.org

Consejo de la Fraternidad General

Nuevo Consejo de la Fraternidad General

La Asamblea de la Fraternidad General eligió el día de ayer al nuevo Consejo General de la Fraternidad durante una votación en el marco de las reuniones  que se están llevando a cabo telemáticamente durante estos días.

Los nuevos componentes del Consejo son Ilona Rudka (Fraternidad de Polonia), Carolina Paredes (Fraternidad Centroamérica y Caribe), Alberto Cantero (Fraternidad de Emaús) y Alfredo Marcos (Fraternidad de Betania). A ellos se une el P. Emmanuel Suarez, como representante del P. General.

Carolina Paredes tiene 53 años y es directora del Liceo San José de Calasanz de Barquisimeto (Venezuela). Ilona Rudka tiene 46 años y es profesora de español y alemán en el colegio escolapio de Cracovia (Polonia). Alberto Cantero es escolapio laico, tiene 52 años y es Coordinador demarcacional de Itaka -Escolapios de la provincia de Emaús. Por su parte, Alfredo Marcos pertenece a la Provincia Betania, es profesor en el colegio escolapio de Gandía (Valencia) y tiene 45 años. Finalmente, el P. Emmanuel Suárez es asistente provincial de México y Delegado General de Participación de las Escuelas Pías.